tormenta

8 03 2010

miro, desde abajo, a través de los barrotes de la reja de la ventana, y a través de la otra linea de rejas que, por seguridad, esta sobre la medianera, donde unas hojas, en foco ahora, se interponen con cierta parte de lo que, al final, en realidad, quiero ver, que es el cielo. del gris claro y sucio del espacio húmedo de la figura que es el cielo, ahora que lo miro, no se desprende nada, ni una idea, salvo las hojas verdes meciendose, o agitandose, mas bien, al golpeteo intermitente y azaroso de las gotas de lluvia, sobre todo de las grandes, las que suenan en el piso de baldosas, feo pero nuevo, del patio. una voz, diamanda, se pasea, rompiendo todo a su paso, escalas, sentidos narrativos, estados de animo, sobre la base estremecedoramente reiterativa y deforme de un piano, al fondo, atrás de lo que miro, en un estéreo falso. ella me comento que cada vez llueve mas y que el final de esta tormenta no esta cerca, puede pasar algún tiempo aun hasta que se aclare todo, no será pronto. cuando miro, inmóvil, el sector del afuera que corresponde al cielo, no sonrío ni digo nada; de alguna oscura forma que no entiendo se todo, lo intuyo. esta entre las cosas que quiero decir y no puedo y lo que callo, en un hueco fangoso sin membrana, donde no es el tiempo la medida del transcurrir y la visión del evento interior es tan inasimilable que pasa desapercibida en sus maniobras de concentración. cuando intento asir una hoja, desde donde estoy, una gota, de las grandes, me desvía la mano y el pensamiento de lo que quiero; si no deseo la hoja viene hacia mi y son las mismas gotas, las grandes, las que desvían a la hoja. no hay nunca, en verdad, contacto ni con la naturaleza ni con lo otro, lo que no es cielo. una esporádica pero precisa red de malentendidos se cruza cada vez que deseo algo. el sincopado ritmo de dos ciclos superpuestos solo permite ciertos privilegiados momentos de armonía (el piano, ademas, no deja de sonar raro, como desafinado) y a la imposibilidad de extender esos oasis o de provocarlos, se agrega la ironía, nunca casual, del azar. no hay signos que descodificar ni códigos para leer esto que veo, ni el cielo ni el piano se entienden, ni entre si ni conmigo; ni la tormenta parece que vaya a detener su persistente erosión, su eficaz prisión de agua. asi y todo, debo salir, sin ganas, a la tormenta, a la calle.

me doy cuenta del tono de las imágenes de mi espíritu pensando en la ausencia de certezas, en lo inesperado que puede ser el presente. lo poco que se cree firme se vuelve a desmoronar cuando prestamos atención a otra cosa. sobre el gris proyectamos un mundo de colores falsos, de promesas implícitas, de absolutos, inútiles pero poderosos, que nos rediman, o al menos nos distraigan, de este estado de vulnerabilidad. Como en toda incertidumbre, lo cenagoso de la base en donde queremos hacer descansar nuestras soluciones a problemas que nos cuesta ver se vuelve el principal argumento de indecisión. por momentos se ve una luz a través de las rejas superpuestas que aclaran rápidamente el color del cielo, que aun miro. no salgo a la calle. me cuesta entender la complejidad de lo que estoy mirando y sin embargo persiste la intriga de la linea siguiente. lo peor de la esperanza es que no tiene limite. a veces una ficción de lo que esperamos se nos vuelve material, regresa del campo de lo ideal a nuestros brazos. siempre insatisfechos nos marchitamos buscando llenar el espacio intersticial entre lo que creemos que esperamos y el verdadero vacío de lo que falta. si lo necesario fuese posible a la vez, la espera debería ser acción, ultraje, asalto, rapto.

sigue lloviendo. la oscuridad ahora es, sin querer, dueña del espacio de su ausencia. no hay, digamos, nada con que comunicarse, no hay, aun, siquiera, algo. no veo ya ni las hojas verdes, ni el cielo lluvioso ni el vacío que separa lo que espero de lo que puede ser. no entiendo, creo, ya, nada, tampoco. al húmedo paredón lo empuja hacia dentro una cortina de silencio mas densa aun, si es posible. la música ya no suena; el cielo ya no se ve. no hay nada que entender me dijo ella sin entonación alguna las cosas son como son. son simples, en su superficie se aferran a uno como cardos, que no lastiman a condición de que uno no se mueva. se siente cerca el pinchazo de lo real y al producirse, aun tibiamente, es insoportable. mas profundo las cosas son espejismos, quimeras, fantasía que, a duras penas, se apoya en la pobre experiencia y se mantiene con el regocijo de lo habitual. ser conservador no es peor que ser cerrado. esta tarde de lluvia supe que no debía preguntar ciertas cosas. al que pide espacio hay que darle espacio: nada peor que la fricción al roce, el hacinamiento sin sentido. cuando una mente trata a otra lo hace sobre supuestos no tan claros y en el infierno del desajuste, cada palabra puede ser, inocentemente, punzón, herida o lazo. sin el piano, sin el cobijo del continuo de la lluvia el ritmo solo se marca en palabras que a veces, incluso, no se deben decir. lo enredado es el sentido que queda alrededor nuestro, en nuestro punto ciego. solo sentimos la prospección imaginaria de lo poco que podemos tener delante, al alcance de sentidos obnubilados. el terror del fuera de campo, ese espacio vacío y lleno a la vez que no refleja necesariamente su figura, su ser, sobre nosotros mas que amenazando con un evento inesperado. la lectura mas paranoica no puede prever el alcance y la profundidad de cada palabra, de cada acto, de cada omisión o desvío respecto de las posibles o deseables actitudes generales del otro en tiempos diferentes, en espacios diferentes, en ánimos diferentes. el amor es entonces esa sensación de vibrar al unísono? el amor es, mejor, un acople, mas intenso cuanto mas hondo es el reverberar de su ser hacia el abismo interior; mas grave y manejable si la distancia es consciente, mesurada; mas agudo y chirriante cuando la cercanía hace insoportable la convivencia.

ahora bien. no necesariamente la tristeza proviene del presente. el porvenir, la incertidumbre también la produce e incluso la mantiene, como en ascuas, irresuelta, en el tiempo. así, instalada, se extiende mas allá de los hechos que dan indicios y sirven de premisas a lo que vendrá, invadiendo o paralizando todo entendimiento, suspendiendo la capacidad de decisión. la angustia de no saber, el hueco de ignorancia que genera, solo llama a ser llenado con placebos, pequeños retazos de felicidad exterior. el temor al vacío es el principal alimento de la angustia. ya no llueve, no hay sol, todo esta en silencio. los tremendos truenos de ayer, no suenan ni apagados en la memoria. cuando se siente la ausencia, el vacío, la angustia nos avisa, nos recuerda esa fracción de absoluto que nos impulsa. hay una necesidad de olvido, de redención para poder continuar. determinar, luego de las catástrofes, el resto de la existencia se transforma en lo único por hacer: la necesidad de cambiar, de proteger ciertas zonas, de tapar los humillantes bajofondos, pero de afirmar, a la vez, aquellas “peculiaridades del temperamento” que nos trajeron por el camino del bien, hasta acá. la necesidad de hacer.

en un ataque frontal contra estructuras rígidas, siempre propensas a cristalizarse, en tomar una forma solida e inflexible, el virus del abismo futuro devuelve la imagen de la reconstrucción. allí donde viejas edificaciones se poblaban de ratas y contaminaban los tersos alrededores de paz, comienza el trabajo humilde: con calma toda mejora es duradera.








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